Menu

David Dylan Edinger: El Preso Politico Mas Pequeno de Sur America

Por Dr. Roberto Foster Edinger. Genero, Violencia y Imperialismo en Centroamerica Precolombina. Ensayo extraído, aumentado, y traducido de la tesis de su doctorado: (la Escuela de Religión y Etica Social de la Universidad del Sur de California, 1995). Presentado al V Congreso Centroamericano de Historia, Universidad de El Salvador, 18, 19, 20 y 21 de Julio de 2000

Para entender la naturaleza de las estructuras modernas o contemporáneas de la violencia contra la mujer en Centroamérica, se debe comenzar no solo con un análisis de la conquista y las estructuras coloniales de un sistema imperialista, patriarcal y brutal que surgió después; pero también las estructuras de la violencia imperialista contra la mujer en las sociedades indígenas antes de que se impusiera el yugo español y católico. Hoy día, mientras Centroamérica lucha para encontrar formas nuevas y más igualitarias de vida política, hablando generalmente, y una mejor justicia en la relación entre hombres y mujeres o niñas, los modelos de la dignidad de géneros que provienen de la sociedad precolombina son de importancia critica para la construcción de nuevas ideologías que están siempre basadas, en parte, en modelos históricos.

Sin embargo, es importante reconocer que la injusticia sexual también prevaleció a lo largo de la historia de Centroamérica precolombina, a pesar de los modelos excepcionales de dignidad humana que también existieron. En este proyecto, nos interesa especialmente el impacto del imperialismo sobre las relaciones entre géneros en Centroamérica—en aquel entonces y ahora.

Es decir que, explicamos las estructuras de la violencia sexual a lo largo de nuestra historia como producto, al menos en parte, de la historia del imperialismo, tanto antes como después de la conquista. Aquellas feministas de la actualidad que buscan en las sociedades precolombinas modelos ejemplares de nuevos razonamientos de cómo los hombres y las mujeres pudieran ser capaces de relacionarse unos con otros en una forma mas justa y equitativa—no lo hacen en vano. Existe en realidad algo de inspiración en los archivos históricos con respecto al nivel de dignidad y poder que complacieron algunas mujeres en las sociedades precolombinas—al menos aquellas que no eran esclavas, capturadas en guerras entre grupos que hablaban diferentes idiomas.

Hay una variedad de factores históricos de importancia central para el análisis critico de la forma en la cual las estructuras del poder imperialista han sido y—como argumentamos muchos de nosotros—continúan siendo opresivas para la mujer. Para nuestro propósito aquí, es importante reconocer y tomar en cuenta—desde una perspectiva histórica—la manera en la cual la opresión patriarcal y la violencia sexual persistieron en este hemisferio mucho tiempo antes de que Colon pusiera el primer pie en nuestra tierra o Cortés emprendiera su conquista en el valle central de México. Al menos hablando generalmente, los hombres eran políticamente dominantes sobre las mujeres antes de la llegada de los españoles. Sin embargo, el colonialismo español creó formas de patriarcado, basadas en la dominación racista, que excluyeron de toda dignidad humana a todos que no fueran de descendencia española, lo que resultaba en estructuras de violencia sexual que eran sumamente brutales para las niñas y mujeres indígenas; esto fue una novedad en su forma, alcance y duración.

Las distinciones lingüísticas entre pueblos centroamericanos antes de la conquista dieron las bases a conflictos militares entre aquellos que hablaban diferentes lenguas, y conflictos entre grupos guerreros de hombres han dado como resultado siempre la violencia sexual contra la mujer. Mientras que, por supuesto, es correcto ver la conquista y su legado como la fundación inicial de estructuras actuales de violencia sexual en Centroamérica, también es importante reconocer la manera en que estructuras de violencia semejantes formaban parte de la vida del patriarcado Centroamericano precolombino, sobre todo hasta tal punto que eran fundados en el imperialismo. Es importante recalcar aquí que uso la palabra ‘imperialismo’ en una manera amplia, para referirme a guerras o batallas—grandes o pequeñas—de posesión territorial y para cautivar esclavos; no eran necesariamente conflictos de gran escala.

Muchas de las mujeres en las sociedades preconquistas, si no la mayoría, gozaron solamente de niveles bien limitados de autonomía autentica, incluso las pocas de la aristocracia mimada. Para la mayoría, sus vidas eran consumidas por el trabajo, los partos, y se caracterizaban por la obediencia mas o menos dócil a los esposos, patronos, y gobernantes masculinos. Para la mayoría de las que eran esclavas, la vida era indudablemente corta y brutal. Un gran numero de escritores están muy conscientes de la forma en la cual la opresión de la mujer fue la norma antes de la conquista. El Guatemalteco Juan Luis Pineda Quiroa, por ejemplo, en su tesis de licenciado para la Universidad San Carlos, mientras que ve la conquista como complicando y exacerbando el problema, argumentó que este provino “VXL JHQHULV, de los tiempos más remotos prehispanicos.”1

Sin embargo, el nivel de autonomía gozado por las mujeres de las sociedades precolombinas centroamericanas es una cuestión polémica, cargado con mucha ideología, ya que algunas feministas revolucionarias centroamericanas han tratado de encontrar modelos para nuevas sistemas revolucionarios en las realidades precolombinas. Hasta cierto grado, la cuestión permanece un misterio, oculta por una escasez de evidencia histórica y matizada por los problemas de genero altamente politizados en Centroamérica—lo cual hace este debate histórico de problemas de genero especialmente complicado, dado que la investigadora o el investigador tiene que cerner a través de los niveles ideológicos de las fuentes, tal como poner al descubierto lo que parece haber sido el escenario verdadero, al punto que es posible.

Ha habido una fuerte tendencia por parte de las activistas feministas revolucionarios en argumentar que las sociedades de la preconquista eran caracterizadas por altos niveles de igualdad de genero en el contexto de articular programas antiimperialistas y anticapitalistas. Por lo tanto, su visión histórica había estado colorada por su deseo de ver el colonialismo y/o el capitalismo como la fundación de toda la opresión sexual. En otras palabras, la forma en la cual los revolucionarios centroamericanos habían detallado o caracterizado su tradición indígena estaba enormemente influenciada por sus luchas políticas contemporáneas; en tal forma que su vindicación de las demandas feministas tendieron a ser vinculadas a visiones y realidades revolucionarias más extensas. En la época actual de posguerra en Centroamérica, es muy

probable que los que estudian a la mujer de las sociedades precolombinas estén menos dispuestos a tener su visión nublada por corrientes políticas extremadamente exigentes.

Se ha argumentado con frecuencia que los niveles altos de igualdad de genero fueron muy comunes antes de la conquista, tanto en Centroamérica como en el Caribe. Sin embargo, muchas veces, estas aseveraciones se han basando en hechos mitológicos. Una socióloga de la Universidad Centroamericana de San Salvador (UCA), por ejemplo, argumentaba que:

Los habitantes primitivos de Cuzcatlán gozaban de igual dignidad tanto para la mujer como el hombre; además de su dios Quetzalcoalt, ellos adoraban a Izcueye (una figura femenina), que juntos formaban la pareja primordial de deidades; de esta forma ellos veneraban la luna, madre de los dioses, la diosa del maíz, las flores, etc. Las mujeres Pipiles trabajaban juntas con los hombres en labores diversas dando lugar a la igualdad.2

Claramente, el tener diversas tareas no necesariamente “da lugar a la igualdad”, como sucede lamentablemente en la actualidad. Tampoco el hecho que una diosa femenina era adoraba necesariamente significaba que hombres y mujeres vivían en un estado de igualdad de poder político.

Otras mujeres Centroamericanas, que han depositado toda la culpa a los pies del capitalismo, también han sostenido que las distribuciones tradicionales de trabajo en las sociedades indígenas no eran opresivas para la mujer. Dorothea Wilson, por ejemplo, una feminista Nicaragüense de la costa atlántica, argumentaba que la sociedad precolombina en la costa del este de Nicaragua no era sexista. Según ella:

La mujer indígena ha sido siempre la cabeza de la familia, estaban siempre presentes en las reuniones de los lideres...  Había una división equitativa de trabajo valorado como igualmente importante: las mujeres cultivaban la tierra mientras los hombres cazaban y recolectaban leña...  Es el contacto con el capitalismo que socavaba los valores de la relación hombre-mujer en las sociedades indígenas.3

El ir tan lejos como afirmar que “la mujer indígena ha sido siempre la cabeza de la familia”, es pintar un cuadro de una tradición indígena histórica que siempre había sido matriarca, sin ni distinguir entre las épocas preconquista y postconquista. Además de la falta de historicismo involucrado en tal afirmación, claramente, por supuesto, lo que es y no es ‘indígena’ en la costa del este de Nicaragua es así mismo un asunto profundamente afectado por la perspectiva ideológica de la persona que hace la afirmación. Sin embargo, parece claro, debido a este testimonio, que afirmaciones sobre la naturaleza de tradiciones indígenas son frecuentemente alteradas por la perspectiva política o ideológica del interprete.

Es importante hacer notar, sin embargo, que estos tipos de interpretaciones--basadas en ideologías y exigencias particulares--de una ausencia de brutalidad patriarcal en las sociedades de Centroamérica y el Caribe, no son solamente el producto de las mujeres de la región, en busca de vindicaciones feministas. Las feministas norteamericanas también tienen una tendencia generalizada de argumentar que las sociedades preconquistas estuvieron caracterizadas por la dominación o al menos el liderazgo por parte de la mujer. Holt-Seeland, por ejemplo, sostiene que en la época del descubrimiento de lo que hoy es Cuba, las mujeres indígenas no tenían problemas de igualdad social con los hombres y que las sociedades indígenas eran matriarcas,

“lo que es decir, una sociedad administrada y dirigida por las ideas y voluntades de la mujer.” Ella cita, “como el ejemplo más típico”, “la tribu gobernada por Anacaona en Santo Domingo, después de que su hermano fuera asesinado en una traicionera emboscado.”4

Aquellas pensantes feministas—norte y sur—quienes intentan extrapolar de la mitología antigua para hacer deducciones sobre la naturaleza de relaciones entre los géneros y las estructuras políticas en sociedades históricas precolombinas, adoptan una metodología muy riesgosa. Jiménez Muñoz de Guatemala, por ejemplo, admite que es muy difícil establecer con objetividad lo que la situación de la mujer en la sociedad precolombina realmente era, debido a que la mayoría de documentos que pudieran haber dado testimonio fueron destruido por los españoles”, pero ella sin embargo asume que “como sucedió en la mayoría de las civilizaciones, los pueblos indígenas Guatemaltecas vivían en una época en la cual la mujer estaba en una posición de igualdad con el hombre con respecto a trabajo y poder.” Ella lo ve como reflejado en el segundo capitulo del Popol Vuh (el texto mitológico sagrado de los Mayas Quiché) donde las divinidades eran presentadas en parejas masculino-femenina atribuyendo igual importancia para cada uno. Ella, sin embargo, alega que al llegar al final del libro los nombres de los caciques masculinos de las grandes casas y su linaje son exaltados exclusivamente. Ella también indica como las mujeres en la Guatemala precolombina eran “intercambiados por una variedad de diferentes tipos de cosas”. Aun con respecto a los hechos mitológicos por si misma, como ella señala, la evidencia que este contiene es sujeto a la controversia de las imágenes en contraste presentados: donde el sexo femenino recibe la pena de muerte por concebir un hijo fuera del matrimonio, por ejemplo, pero todavía es una figura femenina que salva la gente Quiché del cautiverio por las manos de los Xibalbá.5

Es también sumamente difícil hacer juicios o deducciones concernientes a las relaciones de la naturaleza del genero en las sociedades de la época de la preconquista de extrapolaciones derivadas de sociedades indígenas actuales. Mientras algunos grupos indígenas han sido capaces de retener alguna semblanza de sus culturas que presenta un legado de tradiciones de la preconquista, muchas costumbres indudablemente representan una amalgamación de normas indígenas tradicionales y cristianas/europeas producidas durante los largos años del colonialismo. Por lo tanto, hablando generalmente, es difícil si no imposible distinguir con exactitud entre los dos.

El siguiente relato, proveniente de María de Baratta del Ministerio de Cultura de El Salvador in 1950, es ilustrativo de las dificultades involucradas en distinguir entre las practicas que realmente son indígenas, en el puro sentido de la palabra, y las que representan un legado indígena que había resultado de la mezcla de culturas. Al punto que el relato representa la veracidad, y no veo ninguna razón especifica para dudarlo, al menos en su totalidad (excepto, por supuesto con respecto al rosario mencionado), también es una descripción horrible de la brutalidad machista que prevaleció entre las comunidades indígenas tradicionales de El Salvador, al punto que continuaban de existir. De Baratta describe un “matrimonio indigena” el cual era aun practicado hace cien años al principio del siglo veinte. Una vez que se le hubieran puesto de acuerdo sobre el matrimonio, la pareja y los padres (mi imagino sobre todo los padres) según de De Baratta:

...los padres del hombre joven enviaban un pollo vivo a los padres de la muchacha. Después, iniciaba una noche amarga para la jovencita. Sus padres intentaban hacerle confesar alguna relación en el pasado con otro hombre. Era costumbre darle a una novia un buen golpe para hacerle decir la verdad. Después, el pollo era preparado. Si ella confesaba algo, el pollo estaría condimentado pero en vez de cruzar las piernas dentro del cuerpo, eran dejados extendidos afuera. Cuando el pollo era devuelto de esta manera, el matrimonio era cancelado y los padres de la novia regresaban todos los regalos. Pero cuando la novia era digna de honor de ser casada, el pollo se regresaba, como debería ser: con las piernas cruzadas y puestas dentro del cuerpo. Tan pronto los padres del novio recibían el pollo, visitaban a la futura esposa, llevándole un rosario y un collar el cual usara el día de la boda.6

Claramente, sin embargo, no podemos saber con cierto grado de exactitud el punto en que esta tradición era basada en algo que había sobrevivido de la época preconquista, o representaba una amalgamación de influencias indígenas y colonialistas.

Dos puntos sobresalientes emergen concernientes a las relaciones de genero en América de la preconquista. Primero, había una gran diversidad entre diferentes sociedades, y segundo, al punto que las mujeres eran dominadas, este fue exacerbado por guerras de conquista entre grupos beligerantes. La diversidad de normas con respecto a las relaciones de genero que existieron

entre los pueblos Americanos de la época preconquista esta bien ilustrado por el contexto Norteamericano, donde, según de Lord y Burke, algunas tribus excluyeron a las mujeres de sus consejos mientras que otras no; algunas castigaban a las adulteras con desmembramiento mientras que otras permitieron a mujeres salir de un matrimonio simplemente por “poner afuera

 

 

de la casa las pertenencias del esposo como una señal que vaya a vivir con su madre”.7 Sin embargo, aun dándose cuenta de esta diversidad enorme, parece ser el caso que semejanzas si existieron entre grupos indígenas con respecto a divisiones sencillas de trabajo que correspondieron a los géneros. Según la escritora Hondureña Leticia De Oyuela, por ejemplo, era una forma de distribución de trabajo común a todos los pueblos prehispanicos en el nuevo

mundo, lo cual era basado en la fuerza física. Los más fuertes pescaron, cazaron y cultivaron la tierra, los menos fuertes recogieran y prepararon la comida, los más débiles cambiaron materiales y prepararon la comida, etc.8

Lo que es más importante para nuestros propósitos, sin embargo, es la continuidad que existió entre las estructuras de la violencia sexual de antes y después de la conquista en tanto que fuera producto del imperialismo. El imperio Inca, por ejemplo, era claramente patriarcal debido a que el poder estaba concentrado en las manos de una élite política totalmente masculina la cual estaba bajo el dominio de un hombre que era el gobernante ultimo.9 Y, según de los historiadores mas reconocidos de nuestra época moderna, también florecieron y se derrumbaron imperios patriarcales en Centroamérica, donde las guerras territoriales ocurrieron con mucha frecuencia. Según de Fowler, por ejemplo:

Fue por medio de la guerra, principalmente, que las tribus invasoras Nahuas desalojaron las poblaciones residentes y se apoderaron de la mayor parte del norte de Centroamérica. En efecto, mas adelante, algunas poblaciones Pipiles y Nicaraos fueron obligadas retirarse de los “nuevos territorios” en los que habitaban por otros invasores Nahaus y tribus Mayas de las Tierras Altas. Los conflictos armados fueron los mecanismos por medio de los cuales las entidades políticas se extendieron. La expresión de la fuerza política era la guerra.10

 

De acuerdo a Lovell, los Quiché de Guatemala, en particular, tenían mucho éxito en llevar acabo los objetivos del imperio. Demandaban tributos de los pueblos subyugados y tomaban esclavos para utilizarlos como fuerza laboral. Lovell sostiene que:

Después del éxito de haber consolidado su posición en lo que después llego a ser su tierra nativa, los Quiché fundaron la capital política de Gumarcaah, luego conocida como Utatlán. De Gumarcaah lanzaron una serie de campañas expansionistas, las cuales resultaron en la mayor parte de los altos de Guatemala caerse bajo la hegemonía de los Quiché.11

 

Según del Popol Vuh, esto periodo de expansión empezó durante “la quinta generación de los hombres”.12

 

 

 

La solidaridad política existía dentro del marco de las afinidades lingüísticas comunes a las tribus; los desconocidos, los enemigos, eran las tribus cuyo idioma era diferente. Según Newson, la paz prevalecía durante las temporadas del ano cuando el comercio se efectuaban,

pero aquellos grupos que hablaban idiomas diferentes nunca permanecían completamente en paz, llevando acabo ataques y emboscadas así como batallas abiertas para apoderarse de sitios fortificados en las colinas en las cuales era posible realizar retirados y soportar prolongados asedios.13 De acuerdo a Fowler: “Escalas intensas de guerra han sido identificadas por mucho tiempo como una de las características más sobresalientes del periodo Postclasico Mesoamericano.” Describe las fronteras políticas, étnicas y lingüísticas como “en un estado constante de movimiento a medida que algunas tribus expandían sus territorios al costo de otros”.14

Mientras que las disputas sobre los territorios y el deseo de apoderarse de las tierras para

 

cultivo agrícola eran razones fundamentales para la guerra, así mismo, la captura de prisioneros era una motivación muy notable. Las mujeres capturadas eran valoradas como esclavas en una manera especial debido a que estas hacían las tareas domesticas y también servían como objetos de satisfacción sexual. Según Newson, los grupos indígenas beligerantes “llevaban acabo ataques sorpresas para obtener esposas y esclavos”. Pero, en lugar de hacer una distinción entre “esclavos y esposas”, seria más preciso diferenciar entre los cautivos que eran tomados como esclavos, en general, y las que eran tomadas como ‘esposas’. Una mujer que se ve obligada a tener una relación sexual con un hombre por ser prisionera es, en realidad, una esclava sexual y no una “esposa”. De acuerdo a Oyuela, la mayoría de los teóricos, incluyendo a Enrique Dussell, postulan que las mujeres precolombinas eran sujetas de venta y compra en los mercados, algo

que era típico de las sociedades esclavistas.15

 

La esclavitud era expandida por todas partes de Centroamérica y era una característica intrínseca o un resultado ‘natural’ de la agresión imperialista. Todos los imperios esclavistas eran rígidamente patriarcales, con los esclavistas resguardando celosamente el acceso a sus esclavas/concubinas. Los esclavistas Pipiles que habitaban en lo que hoy es El Salvador eran especialmente estricto en cuanto se refiere a este asunto. Cualquier hombre que tuviese

relaciones sexuales con una esclava que no le perteneciera se volvía a sí mismo un esclavo a no ser que un sacerdote prominente suspendiera este veredicto, lo que algunas veces sucedía en el caso de que el acusado fuese un guerrero muy destacado. Aun cuando en algunos grupos la gente

 

 

 

común vendía a sus hijos o sus mismos como esclavos, la mayoría de los esclavos, al menos entre los Pipiles y los Nicarao, eran ‘extranjeros’ que habían sido capturados en la guerra. La venta de esclavos cautivados en guerra, aparentemente, era común, por ejemplo, en Nicaragua precolombino. Según Oviedo, los únicos ‘extranjeros’ en el mercado nicarao eran aquellos que

se vendían como esclavos, los cuales tenían un costo aproximadamente de 100 semillas de cacao. Después de un periodo de explotación, eran frecuentemente sacrificados y canibalizados, o sea, víctimas de la antropofagia. Asimismo, el hecho que algunos esclavos fuesen vendidos en los mercados implica que cualquiera persona podía ser un esclavista siempre y cuando contara con la cantidad de dinero necesario para la compra.16

No es necesario señalar que las relaciones sexuales entre los esclavos y las mujeres de la

 

casa de los esclavistas eran tratadas como casos de extrema gravedad. Este punto ilustra especialmente la distinción entre lo que llamaríamos, por la falta de una palabra mejor,

‘ciudadanos’ por un lado, y esclavos por el otro. De acuerdo a Fowler, el único crimen que era aparentemente considerado como un crimen que mereciera la pena capital (por supuesto, para lo que estoy llamando un ciudadano—bien interesante para nuestros propósitos—una ciudadana femenina) era las relaciones sexuales entre un esclavo y la hija del esclavista, los cuales eran enterados vivos sin ninguna clase de ceremonia. Como Fowler señala: “esta ley estaba claramente hecha para prevenir que no hubiera descendencia de esta clase de uniones”. Sin duda

alguna, la relación sexual entre un esclavo y la hija o esposa del esclavista representaba la misma clase de pesadilla que tuvieron los esclavistas blancos en el sur de los Estados Unidos antes de la Guerra Civil. Este fenómeno es un patrón común compartido por las sociedades esclavistas.17

Parece, también, ser el caso que existía alguna distinción de genero con respecto al canibalismo, el cual se había extendido, particularmente, entre los Nicaraos, donde había llegado a tomar la forma extrema de lo que llama Fowler “terrorismo sociopolítico”. Mientras que una gran parte de la matanza y el consumo canibalista eran de carácter ritual, él señala que no era una clara demarcación entre el canibalismo ‘ritual’ y el canibalismo ‘gustativo’. Para estos fines algunas víctimas eran intencionalmente puestas a engordar previo a su ejecución. Oviedo, también, mencionaba con aversión que algunos padres vendían a sus hijos aun cuando conocían que estos iban ser comidos. Tanto la carne proveniente de cuerpos femeninos como masculinos era considerada como parte exquisita del arte culinario en algunas áreas de Centroamérica precolombina. Sin embargo, la carne femenina era excluida del canibalismo involucrado con

 

 

 

sacrificios ritualistas entre los Nicarao, según de Fowler, “debido a que para las mujeres el ingreso a los templos no era permitido”.18 Este hecho señala la manera en que la misma femineidad era excluida de los círculos íntimos de los rituales religiosos y el poder político que emanaba de ellos.

La poligamia y/o el concubinato—pilares clásicos de las estructuras patriarcales— parecían haberse extendido entre los pueblos de la preconquista. En 1547 el obispo Pedraza observó  que en la villa de Cocumba cerca de San Pedro en lo que hoy es Honduras, “cada indio tenia de diez a doce mujeres”.19 Claro está que esta afirmación, sin duda alguna, era una exageración, debido, quizá, por lo menos en parte, al desprecio que el obispo sentía por las relaciones polígamas (si no por los propios indígenas); matemáticamente, seria imposible. El

escenario más probable es que los varones que tuviesen múltiples esposas o concubinas eran solamente los indígenas más ricos y poderosos. Otra implicación importante con respecto a las observaciones o afirmaciones del obispo—igual a los sacerdotes o religiosos españoles de esta época, en general--es que estas han llegado hasta nosotros desde un enfoque en el cual la preocupación por la virginidad era muy notable. Por ejemplo, el jesuita José de Acosta lamentó que: “Aún cuando es grandioso y casi divino el honor que otras personas ponen a la virginidad,

para estas bestias es lo más despreciable y ignominioso”.20

 

Sin embargo, entre algunos pueblos centroamericanos, la poligamia era la excepción y no la regla, tendía a estar mas arraigada en clases donde era permitido lo cual sucedía en el caso de los caciques u otros miembros de las minorías ricas y poderosas. No obstante, aun donde la poligamia estaba por lo general desaprobada, existía en la forma de concubinato y muchos, si no la mayoría de los esclavistas “tenían esclavas con las cuales dormían”. En algunos sitios, los

hijos nobles de concubinas eran protegidos, asegurándoles tierra, esclavos, etc.21 La evidencia,

 

también, sugiere que la institución de la prostitucion existió al lado de la esclavitud sexual, el concubinato y los matrimonios polígamos en algunas regiones donde las mujeres comerciaban sus cuerpos por cacao, el cual era ampliamente utilizado como la moneda corriente.22

Claramente, en muchos grupos indígenas hubo una distinción entre el ‘extranjero’ y los miembros propios del grupo. Es importante notar que mientras los Nicarao, por ejemplo, explotaban y comían sus adversarios/esclavos, ellos, también, habían elaborado códigos legales/morales los cuales se aplicaban a sí mismos en casos de adulterio, poligamia y violación los cuales eran castigados con diferentes grados de severidad. “El robo de las esposas”, de

 

 

 

acuerdo a Fowler, podía ser cometido con impunidad (“siempre y cuando se alejaran del pueblo”). Entre los Mita-Pipil, la pena de muerte era aplicada en los casos de adulterio así como violaciones e incestos. Los Nicarao, castigaban el robo y la violación con la esclavitud para los transgresores, el ladrón, si era incapaz de remunerar lo que había tomado y el violador si era incapaz de pagar la dote a los padres de la muchacha. Lo más interesante para nuestros propósitos aquí es el hecho que, si los padres de la víctima de la violación estuvieron muertos, el

violador debía convertirse en el esclavo de la víctima,23 lo que era una política tan ‘progresista’

 

que bien podría estar respaldo por algunas feministas de nuestros días.

 

Lo que acontecía era una situación generalizada de explotación sexual drásticamente exacerbada por las conquistas militares. En un nivel mínimo, mientras que las nociones idílicas o idealizadas de gobiernos matriarcales y visiones de igualdad de genero, podrían estar enraizadas en hechos históricos hasta cierto grado, ellos representan ejemplos únicos y específicos desde los cuales no se puede generalizar con relación a las sociedades anteriores a la conquista en Centroamérica. Indudablemente algunas mujeres en algunas sociedades indígenas realmente disfrutaban de bastante autonomía. En otras sociedades, sin embargo, esto no era así claramente para muchas, sobre todo las que eran esclavas sexuales. Obviamente, las mujeres, como una clase, disfrutaban de la máxima autonomía en las tribus que no eran parte de los imperios esclavizantes.

Es importante notar que el imperialismo tenia una importancia determinante para la estructura de ciertas sociedades en ciertos periodos. Mientras parece que se había expandido, no era una fuerza determinante en todas las regiones. Como señala De Oyuela, en el tiempo de la conquista, Honduras, por ejemplo, no tenia un sistema imperialista, “ni siquiera un sistema cultural estructural”.24

El hecho de que las mujeres en algunas sociedades precolombinas disfrutaban de mas

 

poder político que la que tenían bajo el sistema colonialista, servia como una base para agendas antiimperialistas. Según de Dunayevskaya, la libertad que las mujeres Iroquois disfrutaban fue muy significante para Marx (el cual nunca se distinguió asimismo con respecto a la conciencia feminista) porque mostraba “que tan grandes eran las libertades que las mujeres tenían antes de la implantación de las sociedades europeas que destruyeron los reinos indios.” Ella sustenta que, “es verdad que atraves del mundo las naciones ‘civilizadas’ despojaron a sus mujeres de su libertad, así como es verdad que el imperialismo británico privó a las mujeres irlandesas de

 

 

 

muchas libertades cuando ellos conquistaron Irlanda”. Esta es una de las razones, según ella, por las cuales el odio hacia el capitalismo de Marx se volvió más extenso a medida que él estudiaba las sociedades que precedieron al capitalismo.25 Análogamente para las feministas revolucionarias o progresistas de Centroamérica en la actualidad, las cuales buscan modelos de algunas clases de sociedades más igualitarias y sistemas que pudieran ser capaces de protegerse así mismos de la explotación y la violencia del capitalismo internacional, así como los patriarcados machistas, los modelos igualitarios de algunas sociedades indígenas sirven como símbolos de relevante importancia del orgullo y la esperanza, un paraíso perdido—para los

indígenas y para las mujeres—de la soberanía y la libertad.

 

No obstante el hecho de que la sociedad colonial estaba basado o fundado en estructuras de poder patriarcal previas, la historia de Centroamérica es, en gran parte, una legado del hombre que coro la historia por la mitad, Cortés, quien tomó una princesa indígena como ‘compañera’; y sus hombres violaron a su gusto. El poder español instituía un sistema político que llevaba consigo una nueva edad de horror sistemático para las mujeres indígenas en general. Através de toda la historia de colonialismo en América Latina, y, al algún extenúo, hoy todavía, las mujeres

y niñas indígenas son víctimas del rapto y la violación, y frecuentemente después se encuentran forzadas a entrar a la prostitucion. La naturaleza del sistema de la violencia sexual impuesto in el Nuevo Mundo tiene sus raíces, por supuesto, en la ideología europea dominante en las Edades Medias, sobre todo en la manera sumamente brutal que desarrollaba en la España.

Las estructuras de la explotación sexual que rigen en Centroamérica de hoy todavía están respaldados por la dominación imperialista. No es colonial, es neocolonial. Las mujeres que son víctimas del acoso sexual en las zonas francas, por ejemplo, son víctimas del imperialismo económico. En los Estados Unidos esto no se permite. Por ejemplo, la compañía Japonesa Mitsubhisi pago $500,000,000 en danos a las personas que fueron víctimas de hostigamiento sexual en las plantas en los EEUU. Japón y los EEUU, junto con las demás potencias

económicas  son socios en la explotación de personas del llamado “tercer mundo”.  Ellos bien saben que si hicieran esto en uno de los países desarrollados recibirían severas sanciones. La violencia sexual y el imperialismo económico continua en Centroamérica hoy.

El respeto que debe darse a todas las mujeres centroamericanas, puede mejorarse al dar

 

un vistazo critico a nuestro pasado, muy dentro de nuestra historia, no solo para recordar el dolor

 

 

 

y el sufrimiento, pero también los modelos de dignidad en las relaciones hombre-mujer que heredamos de la historia precolombina de Centroamérica.

 

 

1 Juan Luis Pineda Quiroa, “La discriminación femenina en el código civil guatemalteco”, Tesis de licenciado no publicado, Universidad de San Carlos, Guatemala, 1982. P. 35.

 

2 IV Encuentro Feminista, “Mujer Centroamericana, violencia y guerra, memorias del taller” (México: Oxfam,

1987) p. 74. Los nombres de los participantes en el taller no están dados indudablemente para protegerlas de represalias políticas.

 

3 Citado por Helen Collinson, :RPHQ DQG 5HYROXWLRQ LQ 1LFDUDJXD (London: Zed Books, 1990). P. 176.

 

4 Inger Holt-Seeland. :RPHQ RI &XED, trans., Elizabeth Hamilton Lacoste (Westport, CT: Lawrence Hill & Co.,

1981). P. 81

 

5 Olga Jiménez Muñoz, “Noticias de Guatemala,” Guatemala, No. 204, p. 18-19

 

6 Maria de Baratta, “Cuscatlán Tipico” (Ministerio de Cultura, San Salvador, 1950) p. 320. Citado en Marilyn

Thompson, :RPHQ RI (O 6DOYDGRU “The Price of Freedom” (London: Zed Books, 1986) p. 33.

 

7 Lewis Lord & Sarah Burke, “Those First Americans”, en “U.S. News & World Report”, Washington D.C., 8 de julio 1991.

 

8 Leticia de Oyuela, 1RWDV VREUH OD HYROXFLyQ KLVWyULFD GH OD PXMHU HQ +RQGXUDV (Tegucigalpa: Editorial

Guaymuras, 1989) p. 8.

 

9 Asunción Lavrin, ed. /DWLQ $PHULFDQ :RPHQ “Historical Perspectives” (Westport, CT: Greenwood Press, 1978) p.

105.

 

10 William R. Fowler Jr., 7KH &XOWXUDO (YROXWLRQ RI $QFLHQW 1DKXD &LYLOL]DWLRQV “The Pipil-Nicarao of Central

America” (Norman OK: University of Oklahoma Press, 1989) p. 206

 

11 George W. Lovell, &RQTXHVW DQG 6XUYLYDO LQ &RORQLDO *XDWHPDOD “A Historical Geography of the Chuchumatán

Highlands 1500-1821” (Kingston and Montreal: McGill-Queen’s University Press, 1985) pp. 48-50

 

12 A. Recinos, ed. y trad. 3RSRO 9XK  7KH 6DFUHG %RRN RI WKH $QFLHQW 4XLFKH 0D\D, traducido a Inglés por D. Goetz and S.G. Morley (Norman OK: University of Oklahoma Press, 1950) pp. 215-217.

 

13 Linda Newson, 7KH &RVW RI &RQTXHVW “Indian Decline in Honduras Under Spanish Rule” (Boulder and London: Westview Press, 1986) p. 63.

 

14 William R. Fowler Jr., RS FLW   p. 206

 

15 Newson, op. cit., p. 81; De Oyuela, op. cit., p. 8; También vea Fowler, op. cit., p. 199 y Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, Recordación Florida: 'LVFXUVR KLVWRULDO \ GHPRVWUDFLyQ QDWXUDO  PDWHULDO  PLOLWDU \ SROtWLFD GHO UH\QR GH *XDWHPDOD, prologo, Licenciado J. Antonio Villacorta C. 3 Tomos (Guatemala: Sociedad de Geografía e Historia, 1932) pt. 2, lib. 2, capt. 5, p. 92.

 

16 Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, +LVWRULD JHQHUDO \ QDWXUDO GH ODV ,QGLDV  LVODV \ WLHUUD ILUPH GHO PDU

RFpDQR  4 Tomos (Madrid: Real Academia de Historia, 1851-1855) pt. 3, lib. 42, capt. 1, p. 37 y pt. 1, lib. 8, capt.

30, p. 316. Citado en Fowler, op. cit., pp. 198-199.

 

 

 

 

 

17 Fowler, op. cit., pp. 198-199.

 

18 Ibid., pp. 246-247; Tambien vea Oviedo y Valdes, op. cit., pt. 3, lib. 42, capt. 11, p. 101.

 

19 Newson, op. cit., p. 64.

 

20 Quoted by C. R. Boxer, p. 108

 

21 Fowler, op. cit., p. 203

 

22 Editorial Nueva Nicaragua, +LVWRULD SUHFRORQLDO GH QLFDUDJXD, 1980, p. 35. Citado por El Instituto Nacional

Nicaragüense de Seguridad Social y Bienestar (INSSBI) en “La Prostitucion en Nicaragua” (Managua: INNSSBI,

1985) p. 17

 

23 Fowler, op. cit., pp. 198, 214; También vea Diego García de Palacio, “San Salvador y Honduras: El año 1576”, En colección de documentos para la historia de Costa-Rica, Pub. Por Lic. Don León Fernández (San José: Imprenta Nacional, 1881) pp. 43-44; Oviedo y Valdés, op. cit., pt. 3, lib. 42, capt. 3, pp 51-54.

 

24 De Oyuela, op. cit., p. 7.

 

25 Raya Dunayevskaya, 5RVD /X[HPEXUJ  :RPHQ¶V /LEHUDWLRQ  DQG  0DU[¶V 3KLORVRSK\ RI 5HYROXWLRQ (Chicago: University of Illinois Press, 1991) p. 201.

Por Dr. Roberto Foster Edinger. Ensayo extraído, aumentado, y traducido de la tesis de su doctorado: (la Escuela de Religión y Etica Social de la Universidad del Sur de California, 1995). Presentado al V Congreso Centroamericano de Historia, Universidad de El Salvador, 18, 19, 20 y 21 de Julio de 2000

 

Para entender la naturaleza de las estructuras modernas o contemporáneas de la violencia contra la mujer en Centroamérica, se debe comenzar no solo con un análisis de la conquista y las estructuras coloniales de un sistema imperialista, patriarcal y brutal que surgió después; pero también las estructuras de la violencia imperialista contra la mujer en las sociedades indígenas antes de que se impusiera el yugo español y católico. Hoy día, mientras Centroamérica lucha para encontrar formas nuevas y más igualitarias de vida política, hablando generalmente, y una mejor justicia en la relación entre hombres y mujeres o niñas, los modelos de la dignidad de géneros que provienen de la sociedad precolombina son de importancia critica para la construcción de nuevas ideologías que están siempre basadas, en parte, en modelos históricos.

Sin embargo, es importante reconocer que la injusticia sexual también prevaleció a lo largo de la historia de Centroamérica precolombina, a pesar de los modelos excepcionales de dignidad humana que también existieron. En este proyecto, nos interesa especialmente el impacto del imperialismo sobre las relaciones entre géneros en Centroamérica—en aquel entonces y ahora.

Es decir que, explicamos las estructuras de la violencia sexual a lo largo de nuestra historia como producto, al menos en parte, de la historia del imperialismo, tanto antes como después de la conquista.

Aquellas feministas de la actualidad que buscan en las sociedades precolombinas modelos ejemplares de nuevos razonamientos de cómo los hombres y las mujeres pudieran ser capaces de relacionarse unos con otros en una forma mas justa y equitativa—no lo hacen en vano. Existe en realidad algo de inspiración en los archivos históricos con respecto al nivel de dignidad y poder que complacieron algunas mujeres en las sociedades precolombinas—al menos aquellas que no eran esclavas, capturadas en guerras entre grupos que hablaban diferentes idiomas.

 

 

 

Hay una variedad de factores históricos de importancia central para el análisis critico de la forma en la cual las estructuras del poder imperialista han sido y—como argumentamos muchos de nosotros—continúan siendo opresivas para la mujer. Para nuestro propósito aquí, es importante reconocer y tomar en cuenta—desde una perspectiva histórica—la manera en la cual la opresión patriarcal y la violencia sexual persistieron en este hemisferio mucho tiempo antes de que Colon pusiera el primer pie en nuestra tierra o Cortés emprendiera su conquista en el valle central de México. Al menos hablando generalmente, los hombres eran políticamente

dominantes sobre las mujeres antes de la llegada de los españoles. Sin embargo, el colonialismo español creó formas de patriarcado, basadas en la dominación racista, que excluyeron de toda dignidad humana a todos que no fueran de descendencia española, lo que resultaba en estructuras de violencia sexual que eran sumamente brutales para las niñas y mujeres indígenas; esto fue una novedad en su forma, alcance y duración.

Las distinciones lingüísticas entre pueblos centroamericanos antes de la conquista dieron las bases a conflictos militares entre aquellos que hablaban diferentes lenguas, y conflictos entre grupos guerreros de hombres han dado como resultado siempre la violencia sexual contra la mujer. Mientras que, por supuesto, es correcto ver la conquista y su legado como la fundación inicial de estructuras actuales de violencia sexual en Centroamérica, también es importante reconocer la manera en que estructuras de violencia semejantes formaban parte de la vida del patriarcado Centroamericano precolombino, sobre todo hasta tal punto que eran fundados en el imperialismo. Es importante recalcar aquí que uso la palabra ‘imperialismo’ en una manera amplia, para referirme a guerras o batallas—grandes o pequeñas—de posesión territorial y para cautivar esclavos; no eran necesariamente conflictos de gran escala.

Muchas de las mujeres en las sociedades preconquistas, si no la mayoría, gozaron solamente de niveles bien limitados de autonomía autentica, incluso las pocas de la aristocracia mimada. Para la mayoría, sus vidas eran consumidas por el trabajo, los partos, y se caracterizaban por la obediencia mas o menos dócil a los esposos, patronos, y gobernantes masculinos. Para la mayoría de las que eran esclavas, la vida era indudablemente corta y brutal. Un gran numero de escritores están muy conscientes de la forma en la cual la opresión de la mujer fue la norma antes de la conquista. El Guatemalteco Juan Luis Pineda Quiroa, por ejemplo, en su tesis de licenciado para la Universidad San Carlos, mientras que ve la conquista

 

 

 

como complicando y exacerbando el problema, argumentó que este provino “VXL JHQHULV, de los tiempos más remotos prehispanicos.”1

Sin embargo, el nivel de autonomía gozado por las mujeres de las sociedades precolombinas centroamericanas es una cuestión polémica, cargado con mucha ideología, ya que algunas feministas revolucionarias centroamericanas han tratado de encontrar modelos para nuevas sistemas revolucionarios en las realidades precolombinas. Hasta cierto grado, la cuestión permanece un misterio, oculta por una escasez de evidencia histórica y matizada por los problemas de genero altamente politizados en Centroamérica—lo cual hace este debate histórico de problemas de genero especialmente complicado, dado que la investigadora o el investigador tiene que cerner a través de los niveles ideológicos de las fuentes, tal como poner al descubierto lo que parece haber sido el escenario verdadero, al punto que es posible.

Ha habido una fuerte tendencia por parte de las activistas feministas revolucionarios en argumentar que las sociedades de la preconquista eran caracterizadas por altos niveles de igualdad de genero en el contexto de articular programas antiimperialistas y anticapitalistas. Por lo tanto, su visión histórica había estado colorada por su deseo de ver el colonialismo y/o el capitalismo como la fundación de toda la opresión sexual. En otras palabras, la forma en la cual los revolucionarios centroamericanos habían detallado o caracterizado su tradición indígena estaba enormemente influenciada por sus luchas políticas contemporáneas; en tal forma que su vindicación de las demandas feministas tendieron a ser vinculadas a visiones y realidades revolucionarias más extensas. En la época actual de posguerra en Centroamérica, es muy

probable que los que estudian a la mujer de las sociedades precolombinas estén menos dispuestos a tener su visión nublada por corrientes políticas extremadamente exigentes.

Se ha argumentado con frecuencia que los niveles altos de igualdad de genero fueron muy comunes antes de la conquista, tanto en Centroamérica como en el Caribe. Sin embargo, muchas veces, estas aseveraciones se han basando en hechos mitológicos. Una socióloga de la Universidad Centroamericana de San Salvador (UCA), por ejemplo, argumentaba que:

 

Los habitantes primitivos de Cuzcatlán gozaban de igual dignidad tanto para la mujer como el hombre; además de su dios Quetzalcoalt, ellos adoraban a Izcueye (una figura femenina), que juntos formaban la pareja primordial de deidades; de esta forma ellos veneraban la luna, madre de los dioses, la diosa del maíz, las flores, etc. Las mujeres Pipiles trabajaban juntas con los hombres en labores diversas dando lugar a la igualdad.2

 

 

 

 

Claramente, el tener diversas tareas no necesariamente “da lugar a la igualdad”, como sucede lamentablemente en la actualidad. Tampoco el hecho que una diosa femenina era adoraba necesariamente significaba que hombres y mujeres vivían en un estado de igualdad de poder político.

Otras mujeres Centroamericanas, que han depositado toda la culpa a los pies del capitalismo, también han sostenido que las distribuciones tradicionales de trabajo en las sociedades indígenas no eran opresivas para la mujer. Dorothea Wilson, por ejemplo, una feminista Nicaragüense de la costa atlántica, argumentaba que la sociedad precolombina en la costa del este de Nicaragua no era sexista. Según ella:

 

La mujer indígena ha sido siempre la cabeza de la familia, estaban siempre presentes en las reuniones de los lideres...  Había una división equitativa de trabajo valorado como igualmente importante: las mujeres cultivaban la tierra mientras los hombres cazaban y recolectaban leña...  Es el contacto con el capitalismo que socavaba los valores de la relación hombre-mujer en las sociedades indígenas.3

 

El ir tan lejos como afirmar que “la mujer indígena ha sido siempre la cabeza de la familia”, es pintar un cuadro de una tradición indígena histórica que siempre había sido matriarca, sin ni distinguir entre las épocas preconquista y postconquista. Además de la falta de historicismo involucrado en tal afirmación, claramente, por supuesto, lo que es y no es ‘indígena’ en la costa del este de Nicaragua es así mismo un asunto profundamente afectado por la perspectiva ideológica de la persona que hace la afirmación. Sin embargo, parece claro, debido a este testimonio, que afirmaciones sobre la naturaleza de tradiciones indígenas son frecuentemente alteradas por la perspectiva política o ideológica del interprete.

Es importante hacer notar, sin embargo, que estos tipos de interpretaciones--basadas en ideologías y exigencias particulares--de una ausencia de brutalidad patriarcal en las sociedades

de Centroamérica y el Caribe, no son solamente el producto de las mujeres de la región, en busca de vindicaciones feministas. Las feministas norteamericanas también tienen una tendencia generalizada de argumentar que las sociedades preconquistas estuvieron caracterizadas por la dominación o al menos el liderazgo por parte de la mujer. Holt-Seeland, por ejemplo, sostiene que en la época del descubrimiento de lo que hoy es Cuba, las mujeres indígenas no tenían problemas de igualdad social con los hombres y que las sociedades indígenas eran matriarcas,

 

 

 

“lo que es decir, una sociedad administrada y dirigida por las ideas y voluntades de la mujer.” Ella cita, “como el ejemplo más típico”, “la tribu gobernada por Anacaona en Santo Domingo, después de que su hermano fuera asesinado en una traicionera emboscado.”4

Aquellas pensantes feministas—norte y sur—quienes intentan extrapolar de la mitología antigua para hacer deducciones sobre la naturaleza de relaciones entre los géneros y las estructuras políticas en sociedades históricas precolombinas, adoptan una metodología muy riesgosa. Jiménez Muñoz de Guatemala, por ejemplo, admite que es muy difícil establecer con objetividad lo que la situación de la mujer en la sociedad precolombina realmente era, debido a que la mayoría de documentos que pudieran haber dado testimonio fueron destruido por los españoles”, pero ella sin embargo asume que “como sucedió en la mayoría de las civilizaciones, los pueblos indígenas Guatemaltecas vivían en una época en la cual la mujer estaba en una posición de igualdad con el hombre con respecto a trabajo y poder.” Ella lo ve como reflejado en el segundo capitulo del Popol Vuh (el texto mitológico sagrado de los Mayas Quiché) donde las divinidades eran presentadas en parejas masculino-femenina atribuyendo igual importancia para cada uno. Ella, sin embargo, alega que al llegar al final del libro los nombres de los caciques masculinos de las grandes casas y su linaje son exaltados exclusivamente. Ella también indica como las mujeres en la Guatemala precolombina eran “intercambiados por una variedad de diferentes tipos de cosas”. Aun con respecto a los hechos mitológicos por si misma, como ella señala, la evidencia que este contiene es sujeto a la controversia de las imágenes en contraste presentados: donde el sexo femenino recibe la pena de muerte por concebir un hijo fuera del matrimonio, por ejemplo, pero todavía es una figura femenina que salva la gente Quiché del

cautiverio por las manos de los Xibalbá.5

 

Es también sumamente difícil hacer juicios o deducciones concernientes a las relaciones de la naturaleza del genero en las sociedades de la época de la preconquista de extrapolaciones derivadas de sociedades indígenas actuales. Mientras algunos grupos indígenas han sido capaces de retener alguna semblanza de sus culturas que presenta un legado de tradiciones de la preconquista, muchas costumbres indudablemente representan una amalgamación de normas indígenas tradicionales y cristianas/europeas producidas durante los largos años del colonialismo. Por lo tanto, hablando generalmente, es difícil si no imposible distinguir con exactitud entre los dos.

 

 

 

El siguiente relato, proveniente de María de Baratta del Ministerio de Cultura de El Salvador in 1950, es ilustrativo de las dificultades involucradas en distinguir entre las practicas que realmente son indígenas, en el puro sentido de la palabra, y las que representan un legado indígena que había resultado de la mezcla de culturas. Al punto que el relato representa la veracidad, y no veo ninguna razón especifica para dudarlo, al menos en su totalidad (excepto, por supuesto con respecto al rosario mencionado), también es una descripción horrible de la brutalidad machista que prevaleció entre las comunidades indígenas tradicionales de El Salvador, al punto que continuaban de existir. De Baratta describe un “matrimonio indigena” el cual era

aun practicado hace cien años al principio del siglo veinte. Una vez que se le hubieran puesto de acuerdo sobre el matrimonio, la pareja y los padres (mi imagino sobre todo los padres) según de

De Baratta:

 

...los padres del hombre joven enviaban un pollo vivo a los padres de la muchacha. Después, iniciaba una noche amarga para la jovencita. Sus padres intentaban hacerle confesar alguna relación en el pasado con otro hombre. Era costumbre darle a una novia un buen golpe para hacerle decir la verdad. Después, el pollo era preparado. Si ella confesaba algo, el pollo estaría condimentado pero en vez de cruzar las piernas dentro del cuerpo, eran dejados extendidos afuera. Cuando el pollo era devuelto de esta manera, el matrimonio era cancelado y los padres de la novia regresaban todos los regalos. Pero cuando la novia era digna de honor de ser casada, el pollo se regresaba, como debería ser: con las piernas cruzadas y puestas dentro del cuerpo. Tan pronto los padres del novio recibían el pollo, visitaban a la futura esposa, llevándole un rosario y un collar el cual usara

el día de la boda.6

 

Claramente, sin embargo, no podemos saber con cierto grado de exactitud el punto en que esta tradición era basada en algo que había sobrevivido de la época preconquista, o representaba una amalgamación de influencias indígenas y colonialistas.

Dos puntos sobresalientes emergen concernientes a las relaciones de genero en América de la preconquista. Primero, había una gran diversidad entre diferentes sociedades, y segundo, al punto que las mujeres eran dominadas, este fue exacerbado por guerras de conquista entre grupos beligerantes. La diversidad de normas con respecto a las relaciones de genero que existieron

entre los pueblos Americanos de la época preconquista esta bien ilustrado por el contexto Norteamericano, donde, según de Lord y Burke, algunas tribus excluyeron a las mujeres de sus consejos mientras que otras no; algunas castigaban a las adulteras con desmembramiento mientras que otras permitieron a mujeres salir de un matrimonio simplemente por “poner afuera

 

 

de la casa las pertenencias del esposo como una señal que vaya a vivir con su madre”.7 Sin embargo, aun dándose cuenta de esta diversidad enorme, parece ser el caso que semejanzas si existieron entre grupos indígenas con respecto a divisiones sencillas de trabajo que correspondieron a los géneros. Según la escritora Hondureña Leticia De Oyuela, por ejemplo, era una forma de distribución de trabajo común a todos los pueblos prehispanicos en el nuevo

mundo, lo cual era basado en la fuerza física. Los más fuertes pescaron, cazaron y cultivaron la tierra, los menos fuertes recogieran y prepararon la comida, los más débiles cambiaron materiales y prepararon la comida, etc.8

Lo que es más importante para nuestros propósitos, sin embargo, es la continuidad que existió entre las estructuras de la violencia sexual de antes y después de la conquista en tanto que fuera producto del imperialismo. El imperio Inca, por ejemplo, era claramente patriarcal debido a que el poder estaba concentrado en las manos de una élite política totalmente masculina la cual estaba bajo el dominio de un hombre que era el gobernante ultimo.9 Y, según de los historiadores mas reconocidos de nuestra época moderna, también florecieron y se derrumbaron imperios patriarcales en Centroamérica, donde las guerras territoriales ocurrieron con mucha frecuencia. Según de Fowler, por ejemplo:

Fue por medio de la guerra, principalmente, que las tribus invasoras Nahuas desalojaron las poblaciones residentes y se apoderaron de la mayor parte del norte de Centroamérica. En efecto, mas adelante, algunas poblaciones Pipiles y Nicaraos fueron obligadas retirarse de los “nuevos territorios” en los que habitaban por otros invasores Nahaus y tribus Mayas de las Tierras Altas. Los conflictos armados fueron los mecanismos por medio de los cuales las entidades políticas se extendieron. La expresión de la fuerza política era la guerra.10

 

De acuerdo a Lovell, los Quiché de Guatemala, en particular, tenían mucho éxito en llevar acabo los objetivos del imperio. Demandaban tributos de los pueblos subyugados y tomaban esclavos para utilizarlos como fuerza laboral. Lovell sostiene que:

Después del éxito de haber consolidado su posición en lo que después llego a ser su tierra nativa, los Quiché fundaron la capital política de Gumarcaah, luego conocida como Utatlán. De Gumarcaah lanzaron una serie de campañas expansionistas, las cuales resultaron en la mayor parte de los altos de Guatemala caerse bajo la hegemonía de los Quiché.11

 

Según del Popol Vuh, esto periodo de expansión empezó durante “la quinta generación de los hombres”.12

 

 

 

La solidaridad política existía dentro del marco de las afinidades lingüísticas comunes a las tribus; los desconocidos, los enemigos, eran las tribus cuyo idioma era diferente. Según Newson, la paz prevalecía durante las temporadas del ano cuando el comercio se efectuaban,

pero aquellos grupos que hablaban idiomas diferentes nunca permanecían completamente en paz, llevando acabo ataques y emboscadas así como batallas abiertas para apoderarse de sitios fortificados en las colinas en las cuales era posible realizar retirados y soportar prolongados asedios.13 De acuerdo a Fowler: “Escalas intensas de guerra han sido identificadas por mucho tiempo como una de las características más sobresalientes del periodo Postclasico Mesoamericano.” Describe las fronteras políticas, étnicas y lingüísticas como “en un estado constante de movimiento a medida que algunas tribus expandían sus territorios al costo de otros”.14

Mientras que las disputas sobre los territorios y el deseo de apoderarse de las tierras para

 

cultivo agrícola eran razones fundamentales para la guerra, así mismo, la captura de prisioneros era una motivación muy notable. Las mujeres capturadas eran valoradas como esclavas en una manera especial debido a que estas hacían las tareas domesticas y también servían como objetos de satisfacción sexual. Según Newson, los grupos indígenas beligerantes “llevaban acabo ataques sorpresas para obtener esposas y esclavos”. Pero, en lugar de hacer una distinción entre “esclavos y esposas”, seria más preciso diferenciar entre los cautivos que eran tomados como esclavos, en general, y las que eran tomadas como ‘esposas’. Una mujer que se ve obligada a tener una relación sexual con un hombre por ser prisionera es, en realidad, una esclava sexual y no una “esposa”. De acuerdo a Oyuela, la mayoría de los teóricos, incluyendo a Enrique Dussell, postulan que las mujeres precolombinas eran sujetas de venta y compra en los mercados, algo

que era típico de las sociedades esclavistas.15

 

La esclavitud era expandida por todas partes de Centroamérica y era una característica intrínseca o un resultado ‘natural’ de la agresión imperialista. Todos los imperios esclavistas eran rígidamente patriarcales, con los esclavistas resguardando celosamente el acceso a sus esclavas/concubinas. Los esclavistas Pipiles que habitaban en lo que hoy es El Salvador eran especialmente estricto en cuanto se refiere a este asunto. Cualquier hombre que tuviese

relaciones sexuales con una esclava que no le perteneciera se volvía a sí mismo un esclavo a no ser que un sacerdote prominente suspendiera este veredicto, lo que algunas veces sucedía en el caso de que el acusado fuese un guerrero muy destacado. Aun cuando en algunos grupos la gente

 

 

 

común vendía a sus hijos o sus mismos como esclavos, la mayoría de los esclavos, al menos entre los Pipiles y los Nicarao, eran ‘extranjeros’ que habían sido capturados en la guerra. La venta de esclavos cautivados en guerra, aparentemente, era común, por ejemplo, en Nicaragua precolombino. Según Oviedo, los únicos ‘extranjeros’ en el mercado nicarao eran aquellos que

se vendían como esclavos, los cuales tenían un costo aproximadamente de 100 semillas de cacao. Después de un periodo de explotación, eran frecuentemente sacrificados y canibalizados, o sea, víctimas de la antropofagia. Asimismo, el hecho que algunos esclavos fuesen vendidos en los mercados implica que cualquiera persona podía ser un esclavista siempre y cuando contara con la cantidad de dinero necesario para la compra.16

No es necesario señalar que las relaciones sexuales entre los esclavos y las mujeres de la

 

casa de los esclavistas eran tratadas como casos de extrema gravedad. Este punto ilustra especialmente la distinción entre lo que llamaríamos, por la falta de una palabra mejor,

‘ciudadanos’ por un lado, y esclavos por el otro. De acuerdo a Fowler, el único crimen que era aparentemente considerado como un crimen que mereciera la pena capital (por supuesto, para lo que estoy llamando un ciudadano—bien interesante para nuestros propósitos—una ciudadana femenina) era las relaciones sexuales entre un esclavo y la hija del esclavista, los cuales eran enterados vivos sin ninguna clase de ceremonia. Como Fowler señala: “esta ley estaba claramente hecha para prevenir que no hubiera descendencia de esta clase de uniones”. Sin duda

alguna, la relación sexual entre un esclavo y la hija o esposa del esclavista representaba la misma clase de pesadilla que tuvieron los esclavistas blancos en el sur de los Estados Unidos antes de la Guerra Civil. Este fenómeno es un patrón común compartido por las sociedades esclavistas.17

Parece, también, ser el caso que existía alguna distinción de genero con respecto al canibalismo, el cual se había extendido, particularmente, entre los Nicaraos, donde había llegado a tomar la forma extrema de lo que llama Fowler “terrorismo sociopolítico”. Mientras que una gran parte de la matanza y el consumo canibalista eran de carácter ritual, él señala que no era una clara demarcación entre el canibalismo ‘ritual’ y el canibalismo ‘gustativo’. Para estos fines algunas víctimas eran intencionalmente puestas a engordar previo a su ejecución. Oviedo, también, mencionaba con aversión que algunos padres vendían a sus hijos aun cuando conocían que estos iban ser comidos. Tanto la carne proveniente de cuerpos femeninos como masculinos era considerada como parte exquisita del arte culinario en algunas áreas de Centroamérica precolombina. Sin embargo, la carne femenina era excluida del canibalismo involucrado con

 

 

 

sacrificios ritualistas entre los Nicarao, según de Fowler, “debido a que para las mujeres el ingreso a los templos no era permitido”.18 Este hecho señala la manera en que la misma femineidad era excluida de los círculos íntimos de los rituales religiosos y el poder político que emanaba de ellos.

La poligamia y/o el concubinato—pilares clásicos de las estructuras patriarcales— parecían haberse extendido entre los pueblos de la preconquista. En 1547 el obispo Pedraza observó  que en la villa de Cocumba cerca de San Pedro en lo que hoy es Honduras, “cada indio tenia de diez a doce mujeres”.19 Claro está que esta afirmación, sin duda alguna, era una exageración, debido, quizá, por lo menos en parte, al desprecio que el obispo sentía por las relaciones polígamas (si no por los propios indígenas); matemáticamente, seria imposible. El

escenario más probable es que los varones que tuviesen múltiples esposas o concubinas eran solamente los indígenas más ricos y poderosos. Otra implicación importante con respecto a las observaciones o afirmaciones del obispo—igual a los sacerdotes o religiosos españoles de esta época, en general--es que estas han llegado hasta nosotros desde un enfoque en el cual la preocupación por la virginidad era muy notable. Por ejemplo, el jesuita José de Acosta lamentó que: “Aún cuando es grandioso y casi divino el honor que otras personas ponen a la virginidad,

para estas bestias es lo más despreciable y ignominioso”.20

 

Sin embargo, entre algunos pueblos centroamericanos, la poligamia era la excepción y no la regla, tendía a estar mas arraigada en clases donde era permitido lo cual sucedía en el caso de los caciques u otros miembros de las minorías ricas y poderosas. No obstante, aun donde la poligamia estaba por lo general desaprobada, existía en la forma de concubinato y muchos, si no la mayoría de los esclavistas “tenían esclavas con las cuales dormían”. En algunos sitios, los

hijos nobles de concubinas eran protegidos, asegurándoles tierra, esclavos, etc.21 La evidencia,

 

también, sugiere que la institución de la prostitucion existió al lado de la esclavitud sexual, el concubinato y los matrimonios polígamos en algunas regiones donde las mujeres comerciaban sus cuerpos por cacao, el cual era ampliamente utilizado como la moneda corriente.22

Claramente, en muchos grupos indígenas hubo una distinción entre el ‘extranjero’ y los miembros propios del grupo. Es importante notar que mientras los Nicarao, por ejemplo, explotaban y comían sus adversarios/esclavos, ellos, también, habían elaborado códigos legales/morales los cuales se aplicaban a sí mismos en casos de adulterio, poligamia y violación los cuales eran castigados con diferentes grados de severidad. “El robo de las esposas”, de

 

 

 

acuerdo a Fowler, podía ser cometido con impunidad (“siempre y cuando se alejaran del pueblo”). Entre los Mita-Pipil, la pena de muerte era aplicada en los casos de adulterio así como violaciones e incestos. Los Nicarao, castigaban el robo y la violación con la esclavitud para los transgresores, el ladrón, si era incapaz de remunerar lo que había tomado y el violador si era incapaz de pagar la dote a los padres de la muchacha. Lo más interesante para nuestros propósitos aquí es el hecho que, si los padres de la víctima de la violación estuvieron muertos, el

violador debía convertirse en el esclavo de la víctima,23 lo que era una política tan ‘progresista’

 

que bien podría estar respaldo por algunas feministas de nuestros días.

 

Lo que acontecía era una situación generalizada de explotación sexual drásticamente exacerbada por las conquistas militares. En un nivel mínimo, mientras que las nociones idílicas o idealizadas de gobiernos matriarcales y visiones de igualdad de genero, podrían estar enraizadas en hechos históricos hasta cierto grado, ellos representan ejemplos únicos y específicos desde los cuales no se puede generalizar con relación a las sociedades anteriores a la conquista en Centroamérica. Indudablemente algunas mujeres en algunas sociedades indígenas realmente disfrutaban de bastante autonomía. En otras sociedades, sin embargo, esto no era así claramente para muchas, sobre todo las que eran esclavas sexuales. Obviamente, las mujeres, como una clase, disfrutaban de la máxima autonomía en las tribus que no eran parte de los imperios esclavizantes.

Es importante notar que el imperialismo tenia una importancia determinante para la estructura de ciertas sociedades en ciertos periodos. Mientras parece que se había expandido, no era una fuerza determinante en todas las regiones. Como señala De Oyuela, en el tiempo de la conquista, Honduras, por ejemplo, no tenia un sistema imperialista, “ni siquiera un sistema cultural estructural”.24

El hecho de que las mujeres en algunas sociedades precolombinas disfrutaban de mas

 

poder político que la que tenían bajo el sistema colonialista, servia como una base para agendas antiimperialistas. Según de Dunayevskaya, la libertad que las mujeres Iroquois disfrutaban fue muy significante para Marx (el cual nunca se distinguió asimismo con respecto a la conciencia feminista) porque mostraba “que tan grandes eran las libertades que las mujeres tenían antes de la implantación de las sociedades europeas que destruyeron los reinos indios.” Ella sustenta que, “es verdad que atraves del mundo las naciones ‘civilizadas’ despojaron a sus mujeres de su libertad, así como es verdad que el imperialismo británico privó a las mujeres irlandesas de

 

 

 

muchas libertades cuando ellos conquistaron Irlanda”. Esta es una de las razones, según ella, por las cuales el odio hacia el capitalismo de Marx se volvió más extenso a medida que él estudiaba las sociedades que precedieron al capitalismo.25 Análogamente para las feministas revolucionarias o progresistas de Centroamérica en la actualidad, las cuales buscan modelos de algunas clases de sociedades más igualitarias y sistemas que pudieran ser capaces de protegerse así mismos de la explotación y la violencia del capitalismo internacional, así como los patriarcados machistas, los modelos igualitarios de algunas sociedades indígenas sirven como símbolos de relevante importancia del orgullo y la esperanza, un paraíso perdido—para los

indígenas y para las mujeres—de la soberanía y la libertad.

 

No obstante el hecho de que la sociedad colonial estaba basado o fundado en estructuras de poder patriarcal previas, la historia de Centroamérica es, en gran parte, una legado del hombre que coro la historia por la mitad, Cortés, quien tomó una princesa indígena como ‘compañera’; y sus hombres violaron a su gusto. El poder español instituía un sistema político que llevaba consigo una nueva edad de horror sistemático para las mujeres indígenas en general. Através de toda la historia de colonialismo en América Latina, y, al algún extenúo, hoy todavía, las mujeres

y niñas indígenas son víctimas del rapto y la violación, y frecuentemente después se encuentran forzadas a entrar a la prostitucion. La naturaleza del sistema de la violencia sexual impuesto in el Nuevo Mundo tiene sus raíces, por supuesto, en la ideología europea dominante en las Edades Medias, sobre todo en la manera sumamente brutal que desarrollaba en la España.

Las estructuras de la explotación sexual que rigen en Centroamérica de hoy todavía están respaldados por la dominación imperialista. No es colonial, es neocolonial. Las mujeres que son víctimas del acoso sexual en las zonas francas, por ejemplo, son víctimas del imperialismo económico. En los Estados Unidos esto no se permite. Por ejemplo, la compañía Japonesa Mitsubhisi pago $500,000,000 en danos a las personas que fueron víctimas de hostigamiento sexual en las plantas en los EEUU. Japón y los EEUU, junto con las demás potencias

económicas  son socios en la explotación de personas del llamado “tercer mundo”.  Ellos bien saben que si hicieran esto en uno de los países desarrollados recibirían severas sanciones. La violencia sexual y el imperialismo económico continua en Centroamérica hoy.

El respeto que debe darse a todas las mujeres centroamericanas, puede mejorarse al dar

 

un vistazo critico a nuestro pasado, muy dentro de nuestra historia, no solo para recordar el dolor

 

 

 

y el sufrimiento, pero también los modelos de dignidad en las relaciones hombre-mujer que heredamos de la historia precolombina de Centroamérica.

 

 

1 Juan Luis Pineda Quiroa, “La discriminación femenina en el código civil guatemalteco”, Tesis de licenciado no publicado, Universidad de San Carlos, Guatemala, 1982. P. 35.

 

2 IV Encuentro Feminista, “Mujer Centroamericana, violencia y guerra, memorias del taller” (México: Oxfam,

1987) p. 74. Los nombres de los participantes en el taller no están dados indudablemente para protegerlas de represalias políticas.

 

3 Citado por Helen Collinson, :RPHQ DQG 5HYROXWLRQ LQ 1LFDUDJXD (London: Zed Books, 1990). P. 176.

 

4 Inger Holt-Seeland. :RPHQ RI &XED, trans., Elizabeth Hamilton Lacoste (Westport, CT: Lawrence Hill & Co.,

1981). P. 81

 

5 Olga Jiménez Muñoz, “Noticias de Guatemala,” Guatemala, No. 204, p. 18-19

 

6 Maria de Baratta, “Cuscatlán Tipico” (Ministerio de Cultura, San Salvador, 1950) p. 320. Citado en Marilyn

Thompson, :RPHQ RI (O 6DOYDGRU “The Price of Freedom” (London: Zed Books, 1986) p. 33.

 

7 Lewis Lord & Sarah Burke, “Those First Americans”, en “U.S. News & World Report”, Washington D.C., 8 de julio 1991.

 

8 Leticia de Oyuela, 1RWDV VREUH OD HYROXFLyQ KLVWyULFD GH OD PXMHU HQ +RQGXUDV (Tegucigalpa: Editorial

Guaymuras, 1989) p. 8.

 

9 Asunción Lavrin, ed. /DWLQ $PHULFDQ :RPHQ “Historical Perspectives” (Westport, CT: Greenwood Press, 1978) p.

105.

 

10 William R. Fowler Jr., 7KH &XOWXUDO (YROXWLRQ RI $QFLHQW 1DKXD &LYLOL]DWLRQV “The Pipil-Nicarao of Central

America” (Norman OK: University of Oklahoma Press, 1989) p. 206

 

11 George W. Lovell, &RQTXHVW DQG 6XUYLYDO LQ &RORQLDO *XDWHPDOD “A Historical Geography of the Chuchumatán

Highlands 1500-1821” (Kingston and Montreal: McGill-Queen’s University Press, 1985) pp. 48-50

 

12 A. Recinos, ed. y trad. 3RSRO 9XK  7KH 6DFUHG %RRN RI WKH $QFLHQW 4XLFKH 0D\D, traducido a Inglés por D. Goetz and S.G. Morley (Norman OK: University of Oklahoma Press, 1950) pp. 215-217.

 

13 Linda Newson, 7KH &RVW RI &RQTXHVW “Indian Decline in Honduras Under Spanish Rule” (Boulder and London: Westview Press, 1986) p. 63.

 

14 William R. Fowler Jr., RS FLW   p. 206

 

15 Newson, op. cit., p. 81; De Oyuela, op. cit., p. 8; También vea Fowler, op. cit., p. 199 y Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, Recordación Florida: 'LVFXUVR KLVWRULDO \ GHPRVWUDFLyQ QDWXUDO  PDWHULDO  PLOLWDU \ SROtWLFD GHO UH\QR GH *XDWHPDOD, prologo, Licenciado J. Antonio Villacorta C. 3 Tomos (Guatemala: Sociedad de Geografía e Historia, 1932) pt. 2, lib. 2, capt. 5, p. 92.

 

16 Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, +LVWRULD JHQHUDO \ QDWXUDO GH ODV ,QGLDV  LVODV \ WLHUUD ILUPH GHO PDU

RFpDQR  4 Tomos (Madrid: Real Academia de Historia, 1851-1855) pt. 3, lib. 42, capt. 1, p. 37 y pt. 1, lib. 8, capt.

30, p. 316. Citado en Fowler, op. cit., pp. 198-199.

 

 

 

 

 

17 Fowler, op. cit., pp. 198-199.

 

18 Ibid., pp. 246-247; Tambien vea Oviedo y Valdes, op. cit., pt. 3, lib. 42, capt. 11, p. 101.

 

19 Newson, op. cit., p. 64.

 

20 Quoted by C. R. Boxer, p. 108

 

21 Fowler, op. cit., p. 203

 

22 Editorial Nueva Nicaragua, +LVWRULD SUHFRORQLDO GH QLFDUDJXD, 1980, p. 35. Citado por El Instituto Nacional

Nicaragüense de Seguridad Social y Bienestar (INSSBI) en “La Prostitucion en Nicaragua” (Managua: INNSSBI,

1985) p. 17

 

23 Fowler, op. cit., pp. 198, 214; También vea Diego García de Palacio, “San Salvador y Honduras: El año 1576”, En colección de documentos para la historia de Costa-Rica, Pub. Por Lic. Don León Fernández (San José: Imprenta Nacional, 1881) pp. 43-44; Oviedo y Valdés, op. cit., pt. 3, lib. 42, capt. 3, pp 51-54.

 

24 De Oyuela, op. cit., p. 7.

 

25 Raya Dunayevskaya, 5RVD /X[HPEXUJ  :RPHQ¶V /LEHUDWLRQ  DQG  0DU[¶V 3KLORVRSK\ RI 5HYROXWLRQ (Chicago: University of Illinois Press, 1991) p. 201.